El Bitcoin y su inverosímil rally alcista en el mercado fue uno de los temas de conversación estrella en las pasadas celebraciones navideñas. Desde luego, la aparentemente imparable evolución de la moneda virtual despertó el interés de muchos, que consideraron invertir alguna cantidad en aquella mina supuestamente inagotable. Por desgracia, no es oro todo lo que reluce y las criptomonedas se han convertido, entre otras respetables cosas, en una suerte de instrumentos para los ciberdelincuentes. Las razones son varias.

Las monedas digitales utilizan la tecnología Blockchain o cadena de bloques, un sistema muy difícil de hackear por su complejidad. La lógica que se sigue es la de que, estando todos los datos conectados entre sí a modo de cadena irrompible de bloques, cualquier intento de retirar uno de los bloques invalidaría el resto de la cadena. Sobre el papel, esta tecnología es la mayor garantía no solo para el anonimato de los propietarios de criptomonedas, sino también para evitar posibles robos. Eso sí, ese anonimato puede volverse en contra de los usuarios, tal y como hemos podido ver en diferentes ciberataques a gran escala.

No es ningún secreto que cuando se produce una infección masiva de ransomware los atacantes se sirven de las criptomonedas para cobrar los rescates. Así se vio durante la jornada negra de WannaCry, en la que se exigió una cantidad en Bitcoin equivalente a 300 € para liberar el dispositivo infectado. Panda Security advierte, no obstante, que la utilización de las criptomonedas para cometer ataques informáticos está aumentando a marchas forzadas, con técnicas más difíciles de detectar. Por ejemplo, algunos hackers han logrado infectar los navegadores para convertir a los usuarios en cooperadores de sus actos delictivos.

Aceptando que todas estas prácticas irán a más en consonancia con la mayor difusión del Bitcoin y otras monedas digitales, ello no debería ser óbice para estigmatizar dicho sistema de pago. Tal y como hemos destacado, el Blockchain es, objetivamente, un buen protocolo de seguridad. Muchas empresas están ya sirviéndose de sus posibilidades para intercambiar o almacenar información. Cuestión distinta es hasta qué punto una moneda sin respaldo físico u oficial y expuesta a una notable volatilidad en su cotización debería estar presente en los balances de las compañías. En cualquier caso, esta tecnología ha venido para quedarse.