Los sistemas de reconocimiento facial se están popularizando a marchas forzadas. No hace mucho tiempo, solo era posible toparse con uno de estos dispositivos en algunos aeropuertos o instalaciones de alta seguridad. Poco a poco, el desarrollo tecnológico ha aumentado las posibilidades de esta tecnología, al tiempo que ha reducido sus costes (el cóctel perfecto, vaya). Uno de los ámbitos en los que podrían desembarcar los sistemas de reconocimiento facial a no mucho tardar es el de la educación. ¿Cómo y para qué se implementaría?

Posiblemente, la primera reacción de cualquier padre cuando le comunican que el colegio de sus hijos va a instalar mecanismos de reconocimiento facial sea de estupor e indignación. Sin embargo, estos sistemas no irían encaminados a espiar a los más pequeños sino a facilitar la gestión de los recintos escolares y reforzar su seguridad. Por ejemplo, puede comprobarse de manera automática qué alumnos no han acudido al centro, dando aviso a los padres en tiempo real para que justifiquen su ausencia (o se enteren de la misma y puedan interesarse por el paradero de sus hijos).

Australia ha sido uno de los primeros países en interesarse por esta tecnología para sus centros escolares, iniciando una serie de pruebas en más de cien escuelas. Y no hay que pensar en sofisticados dispositivos instalados en todas las puertas de los centros. En realidad, basta con que los alumnos enciendan su tableta u ordenador portátil para que sean reconocidos. Es por ello que una de las principales ventajas que han vendido los desarrolladores de esta tecnología es una gestión más eficiente. Se estima que los profesores ahorrarán hasta 2,5 horas de trabajo a la semana por la automatización del control de la asistencia.

Evidentemente, la seguridad de los centros es otro aspecto que saldría reforzado si se implementara la tecnología de reconocimiento facial. No hablamos únicamente de posibles ataques a escuelas, sino de los problemas de convivencia entre alumnos, combatiendo el acoso escolar. No puede esconderse que cuanto más amplia sea la cobertura de los sistemas de reconocimiento facial, mayores serán los riesgos para la privacidad del alumnado. Es, sin duda, una ecuación difícil de resolver pero, si se aprueban las limitaciones pertinentes, el reconocimiento facial puede ser un gran aliado en las aulas.

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